Como voz de un arpa o de campana herida
llegaron de la infancia los recuerdos.
Años y años esperando inquieta
la bella caravana de los sueños.
Un día viaje con los gitanos,
conocí la ciencia de las manos.
El secreto de cobres y de estaños,
y la fogosidad de los caminos.
Llene de fantasías mis espacios,
tuve trenzas largas, mirada misteriosa
y un collar de jade que me vestía toda,
cuando las castañuelas, abrazaban mis dedos
y danzaba embriagada entre siete colores.
Amé entonces a un gitano bello, locuaz y pendenciero,
idilio que duro lo que dura un suspiro…
Más tarde amé los circos, su música y sus luces,
los peligros del aire en trapecio de espuma,
lentejuelas de oro y rasos del oriente
me colmaron de dicha, me llenaron de gozo.
Y amé, a un negro domador de fieras
jugador y vicioso, peligroso y fatal,
a quien no debí amar.
Los colores colmaron mis ardientes anhelos,
fui maniquí volando, fui saeta entre cables
y un día cualquier día, fui juguete del viento
y como mariposa abandone el jardín.
Ahora estoy muy sola, cansada y sin alientos,
castañuelas y danzas enfebrecen la vida.
Los rasos del oriente, las lentejuelas oro
ensombrecen los días y fustigan las horas.
Vida de caminante, vida de los gitanos.
Andariega incansable, danzarina embriagada
de los grandes aplausos, del delirio en el aire
y aquel collar de jade.
Vida que me llenaste de gozos y alegrías,
ya todo me lo diste, ya no me espera nada.
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